María en el país de los mierdecillas
Bienvenid@s a esta humilde bitácora dedicada a comentar la actualidad de esta pequeña parte del mundo... que va muy mal. En la vida no todo es de color rosa ... PERO EN ESTA WEBLOG, SÍ
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 Nos dejaron las balas y un enjambre de abejas ése fue su tesoro y una noche oxidada.
Nos alzaron en brazos descubrimos planetas nos creímos tan fuertes como héroes de guerra.
Y en mitad del relámpago llegó el mal de altura fuimos sed en el aire pero boca en la tierra.
Ahora alumbras las horas con guiños que se escapan cubriendo el recuerdo con bandejas de plata.
Y nos echamos tanto de menos que nos da por despegar en avenidas de pegamento, clavados por las rodillas.
Y en mitad del relámpago llegó el mal de altura fuimos sed en el aire pero boca en la tierra.
La antena está abierta esperando una señal la señal que no llega a esta sala de espera es una eternidad. Y el tesoro perfecto lo cubrió la tormenta con aviones cruzándose en la noche más negra.
Y en mitad del relámpago llegó el mal de altura fuimos sed en el aire pero boca en la tierra.  Hace un año que se murió mi abuelo... ¡Cómo pasa el tiempo! A veces me parece que rápido, y otras que demasiado lento, sin embargo la física nos dice que siempre dura lo mismo, aunque nos parezca eterno. Este año el tiempo corre de mi lado; repito centro, todo parece perfecto, y entonces... ¡BUM! El tiempo pasa en un vuelo. Sorpresa; hoy el resultado de mis análisis: "dudoso". ¡Qué XXXXXX es esto! ¡Siete años estudiando para que no lleguen a un resultado! Dudoso es el destino, dudoso es el mañana y el segundo que sigue a este momento... pero a veces, quieres algo cierto. Lo cierto es que hace un año exacto que se murió mi abuelo. ¡Cómo pasa el tiempo! Le echo mucho de menos.El tiempo vuela, corre, se escapa entre los dedos. Aún no me atrevo a entrar a su cuarto. Aún no ha pasado suficiente tiempo. Definitivamente, paso del tiempo.
 HACÍA tiempo que no necesitaba pasarme por aquí, o no me pasaba por aquí porque no HABÍA tiempo. El orden de elementos sí altera mi producto, y mi humor. Últimamente estoy de un humor de perros, de perros violentos y sangrientos, de esos que se pasan la noche aullando, sin saber porqué. Es este maldito tiempo, el atmosférico, deseando que llegue la primavera con su explosión luminosa y cromática, con la necesidad de dejar atrás tanto frío y tanta lluvia, de dejar el abrigo en el armario y pasar las tardes caminando, bajo el sol templado. Ya es primavera, pero este invierno ha venido para quedarse. Siempre es largo y fiero el invierno. Y yo, en el otoño de mi vida, buscando nuevos puertos donde anclarme, donde escuchar "eres bienvenida". Nada resulta fácil en la vida, ni siquiera la vida misma... La vida que nos espera, la vida que no es vida, la vida vivida ... Primavera que no llega, otra oportunidad perdida.  Baste citar a Gil de Biedma para expresar como me siento en estos días: Pasada ya la cumbre de la vida, justo del otro lado, yo contemplo un paisaje no exento de belleza en los días de sol, pero en invierno inhóspito. Aquí sería dulce levantar la casa que en otros climas no necesité, aprendiendo a ser casto y a estar solo. Un orden de vivir, es la sabiduría. Y qué estremecimiento, purificado, me recorrería mientras que atiendo al mundo de otro modo mejor, menos intenso, y medito a las horas tranquilas de la noche, cuando el tiempo convida a los estudios nobles, el severo discurso de las ideologías -o la advertencia de las constelaciones en la bóveda azul... Aunque el placer del pensamiento abstracto es lo mismo que todos los placeres: reino de juventud.
 Lo he conseguido. Me ha costado ... pero lo he conseguido. Vivo en un iglú, cerrado por dentro, redondo, pequeño, donde todo me resbala y nadie entra. Hoy está nevando en la ciudad del viento -si a esto se le puede llamar nevar- pero no me refiero a eso. Afuera están los otros y no les dejo entrar. Pequeños, cerrados, perdidos en la nieve, protegido del tiempo, protegido del viento. Mi iglú me aisla de tanto pretencioso con ínsuflas de personajillo. Sólo yo entro, nadie me distorsiona cuando estoy dentro. Sin preocupaciones, mi iglú me da la vida, y pasan los días. Pasan los segundos, las horas, las penas, las alegrías. He aprendido a evitar que las cosas me afecten y me j..... la vida.  El médico dice que todo está bien. Sin mirarme a los ojos, sólo mirando los números de los análisis, dice que todo está bien. No sabe ni de que color son mis ojos, pero "todo está bien". Las palabras tienen efectos sanadores, si dices "todo está bien", todo está bien. Da igual que seas uno de los miles que pasarán, en la lotería de la vida tienes suerte, "todo está bien". Así que con este diagnóstico para la vida salgo por la puerta, sin saber realmente si todo está bien. Yo no estoy bien, no lo dicen mis análisis, pero no estoy bien. No hace falta que me saquen toda la sangre del cuerpo para saber que algo no va bien. A veces las palabras nos hunden y otras nos levantan. Un "bienvenido" dicho en el momento perfecto, un "lo siento" inoportuno, un "adiós" definitivo o un simple "hasta luego". A veces sólo necesitamos que nos digan que todo "está bien" aunque sea mentira.  A veces mis días se desmoronan como los edificios de Haití (sí, sé que el ejmplo no es muy bueno, pero sí muy gráfico). Hace tres días mi día se convirtió en un calvario. Es lo que tiene trabajar con gente y no con máquinas... la gente. La gente es odiosa e insidiosa a partes iguales, la gente es gente y no puede evitarlo. Hay días en los que me pregunto si no sería mejor dejarlo, lo del trabajo, dejar de aguantar estupideces, desagravios... Si merece la pena tanto esfuerzo y tanto palo. Hoy, aunque no ha salido el sol, ha sido todo lo contrario. ¡Hasta me he reído con mis alumnos de taller de lengua! Más bien se han reído ellos conmigo - o de mí, ¡para que vamos a negarlo! -Hay días en los que dejo la poca cordura que me queda afuera, en el patio. Definitivamente creo que un buen profesor no es el que más sabe, ni el que mejor hace pasarlo. Un buen profesor es el que quiere serlo, a cada minuto, a cada rato. De esos hay pocos, yo a veces me olvido y la mala leche me hace volverme un ogro. Pero es que hay días en que todo se viene abajo...  Los días de lluvia me ponen irresistiblemente triste, melancólica, taciturna, meliflua, sin ganas de nada, sólo de mirar por la ventana...¡Y se ponen los ojos azules! (lo juro, lo azul de mi pupila que suele pasar desapercibido en estos días vence al verde y al marrón). No me apetece escribir, no me apetece pensar. Hoy llueve a cántaros en la ciudad del viento, y no tengo ganas de estudiar. Bruscamente la tarde se ha aclarado porque ya cae la lluvia minuciosa. Cae o cayó. La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado el tiempo en que la suerte venturosa le reveló una flor llamada rosa y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales alegrará en perdidos arrabales las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto. En tus ojos de lluvia crecen pálidos árboles de hielo Entre sus ramas tiembla labrada en roca viva la imagen de un ansioso dios que sonríe y mata.
La lluvia tiene un vago secreto de ternura, algo de soñolencia resignada y amable, una música humilde se despierta con ella que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar azul que recibe la Tierra, el mito primitivo que vuelve a realizarse. El contacto ya frío de cielo y tierra viejos con una mansedumbre de atardecer constante.
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores y nos unge de espíritu santo de los mares. La que derrama vida sobre las sementeras y en el alma tristeza de lo que no se sabe...  Ahora se habla mucho de crisis, pero las crisis son tiempos de cambio o -mejor dicho- oportunidades de cambio. En Copenhague se habla de cambio, de cambio climático. Está bien lo de hablar, pero ¿cuándo vamos a hacer algo? Algunos dicen que volveremos a los faroles y al butano, lo veo difícil, la verdad, en la era de internet lo rústico ya no triunfa tanto. Además queremos vivir rápido, como una llama, y quemarnos. Yo cambio constantemente, de pelo, de gafas, de ropa -varias veces en un mismo día, incluso- y de hábitos. Últimamente se están produciendo cambios en mi interior muy extraños. Sin embargo, rara vez cambio de opinión y casi nuca tengo cambio. Hoy he ido con mis alumnos al teatro; es lo mismo que una clase y, al mismo tiempo, es un cambio. Teatro del absurdo y para absurdo, la climatología y sus cambios. Pasamos de días primaverales a nieves y temporales, como quien cambia de camisa. Corto y cambio.  Tengo 31 años como la constitución española. Nací en un año en el ya no existía la dictadura ni su dictador. Nací en un año en el que todos somos iguales, aconfesionales, libres, porque lo dice la constitución. He oído hablar de tiempos pasados, pero no he vivido nada de eso ni creo que haya influido en mi vida. No he corrido delante de los grises, ni me siento rojo o azul. Soy de otra generación. Y sin embargo todo vuelve, el tiempo es cíclico y la vida un continuo deja vù. Las zapatilas que llevan ahora mis alumnos -ya sabéis como me gustan las zapatillas- me recuerdan a mis primeras reebok pump. ¡Lo que me costó conseguirlas! Y ahora me parecen una horterada de lo mayor... Será que me estoy haciendo mayor, como la Constitución.
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